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6 de abril de 2010

G. FAURÉ, Pavana - Vladimir Ashkenazy

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¡Hola otra vez! Esta semana tengo el placer de presentar la Pavana (1.887) de Gabriel Fauré, interpretada por la NHK Symphony Orchestra, dirigida por Vladimir Ashkenazy, durante un concierto que tuvo lugar en Viena en 2.005.

Gabriel Fauré nació en Pamiers (Francia) en 1.845, y murió en París en 1.924. Vivió el Romanticismo (le gustaba Wagner), pero acabó abrazando una corriente nueva, efímera y muy francesa: el impresionismo. Como todos sus coetáneos compositores, destacó también como intérprete de órgano y pedagogo. Alcanzó la excelencia de la mano de su maestro, Saint-Saëns.
Trabajó como organista en Saint Sulpice y la Madeleine, y como profesor en el Conservatorio de París. Como Beethoven, fue perdiendo el oído, pero no su reputación y valía como compositor, que se vio reconocida con la Gran Cruz de la Legión de Honor, algo inusual para un músico. Murió entre la admiración del público, que le despidió en la Madeleine.

Vladímir Áshkenazi, nacido en Gorki en 1.937 es pianista y director de orquesta. Estudió en el Conservatorio de Moscú y durante su carrera como pianista ha ganado grandes premios, como el Concurso Internacional de Piano Frédéric Chopin, el Concurso Internacional Tchaikovsky, etc, aparte de cinco Grammy. Se ha especializado en compositores rusos (Shostakóvich, Scriabin, Rachmaninov, Prokófiev) y románticos (Chopin, Beethoven, Schhumann).

La Pavana es una danza muy antigua, conocida en toda Europa en el siglo XVI. Su etimología nos conduce a dos vías: la ciudad de Pavía, por un lado, y la remembranza de los distinguidos movimientos del pavo real. Y es que esta danza se caracteriza por su elegancia, situándose su nacimiento se sitúa en la sobria corte española. Su tempo es muy lento, binario, marcado por un tamboril. Se danzaba en fila, por parejas, alternando pasos simples y dobles con complicadas reverencias; después, se rompían las parejas, formando un gran círculo, para prácticamente correr al ritmo de la gallarda. A finales del siglo XIX, tanto Fauré como Ravel (Pavana para una infanta difunta) retomaron esta aristocrática danza.

Fauré creó una pieza instrumental muy cercana a los cuadros impresionistas. El paralelismo es demasiado simplista, pero así como los colores aparecen desdibujados en un lienzo, la sonoridad de la obra es ambigua. Las líneas negras no existen en Monet, y Fauré, así mismo, huye de una melodía demasiado previsible y cerrada. Los impresionistas pintan en plein air, y Fauré imita con esta obra el discurrir del viento entre los árboles.

Esta interpretación de la Pavana presenta un tempo bastante rápido. La obra comienza con los violines en pizzicato, en suave arpegio, para dar paso inmediatamente a la flauta travesera, que presenta la dulce y ondulante melodía, en pianissimo. En 0´162, su armonía se ve complementada con el viento madera: oboes (junto al flautista) y clarinetes. En 0´28, la flauta, de nuevo en solitario, repite la cabeza de la melodía, hasta 39”, donde se une la madera (se enfocan un clarinete y un fagot) otra vez. La flauta prosigue con su rol protagonista, ejecutando una suave melodía, casi de encantador de serpientes, a la que se unen los demás vientos, creando un clima misterioso y etéreo, impresionista.

En 1:13, las cuerdas, de sonido más sólido, pleno y redondo, retoman el tema inicial, al que responden los vientos en 1:24, contrastando sus densidades sonoras. La melodía se va recubriendo de armonías, enriqueciéndose poco a poco, al mismo tiempo que sube la intensidad.
En 1:57, nos sorprende el forte, con todas las cuerdas a la par, en una secuencia descendente, respondida por los vientos (vemos las trompas). Este esquema se escucha cuatro veces, cada vez más agudo, hasta llegar a un tranquilo acorde.

La flauta retoma su papel con la melodía principal, ligeramente modificada en armonía, en 2:47, respondida por la sección de cuerda y la de viento. El tema vuelve con solidez en 3:12, más claro que nunca, porque está doblado a la octava superior, lo que le confiere brillantez. Encontramos el anterior contraste viento/cuerda. En 3:58 comienza la coda: el final del tema aparece variado y repetido, primero por el viento, y luego por la cuerda, con la gravedad de los violonchelos (4:12), la dulzura del clarinete (4:22). La flauta reaparece, postrera, entre los pizzicati. Los dos últimos acordes, en una cadencia perfecta (V-I), ponen punto y final a la obra.

Creo que es una pieza muy agradable, muy tranquila, como un domingo por la tarde, ¿no?

















Regata en Argenteuil, C. Monet (1.872)







1 comentario:

  1. El cuadro de Monet "refleja" la melancolía suave de la música. Gracias.

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